Notemos que cuando el Señor hizo la declaración de la limpieza de sus discípulos, declaró que todos estaban limpios excepto Judas quien lo entregó porque amó el precio de la traición.  Juan 13:10-11, de acuerdo a lo reflexionado, y por lo declarado aquí, podemos deducir que el Señor de Judas nunca fue Jesús, sino el dinero el cual amaba tanto que fue capaz de vender a su maestro.

El camino de la traición se fundamenta en esa actitud de amar más lo material que a las personas, abortemos esa idolatría de nuestro corazón y creo que veremos cómo Dios nos hace abundar en todo porque entonces ya no nos hará daño.  Las Escrituras consideran al corazón como la esfera de la influencia divina, por eso mismo leemos en las Escrituras el llamado de Dios cuando dice:  dame hijo mío tu corazón.

De acuerdo al nuevo pacto que Dios hizo con su pueblo y según lo declara Hechos 15:9, Y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando con la fe sus corazones.  Dios purifica nuestros corazones para luego escribir en ellos.  El trabajo del evangelio es hermoso, ataca la raíz para sanar toda planta, al contrario de la religión, poda la planta pero deja la raíz.

El corazón, al estar en el interior, contiene al hombre interno (1 Pedro 3:4); esto es, al hombre real.  Representa el verdadero carácter, pero lo esconde.  En su sentido moral en el Antiguo Testamento, incluye las emociones, la razón y la voluntad.  En el Nuevo Testamento denota:  el asiento de la vida física, el asiento de la naturaleza moral y de la vida espiritual, el asiento del dolor, del gozo, de los deseos, de las percepciones, pensamientos, entendimiento, de los poderes del raciocinio, la imaginación, de la conciencia, las intenciones, propósitos, voluntad y de la fe.

En el Salmo 24:4 leemos que la limpieza del corazón es un requisito para subir al monte de Jehová, y estar en el lugar de su santidad.  Así mismo el escritor del libro de los Hebreos nos invita a entrar al lugar santísimo según está escrito en Hebreos 10:22, Lleguemos con corazón verdadero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua limpia.

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